top of page

Sueño Florianópolis

  • 13 jun 2024
  • 3 Min. de lectura

Es otoño, mi estación preferida del año pero las temperaturas están mucho más frías que lo usual. Me olvido fácilmente que hasta hace un mes andábamos de musculosa, renegando de los mosquitos y el calor. Mi cuerpo ya siente nostalgia del sol y las reposeras. La situación socioeconómica del país pesa sobre lo cotidiano y lejos queda el filtro de levedad que aportan las vacaciones de verano. Me escapo a través del cine a una playa, así llego a “Sueño Florianópolis”.



Ana Katz es la directora, guionista y productora de este largometraje, estrenado en 2018. Es una coproducción de Argentina-Brasil y fue ganadora de numerosos premios. Cuenta la historia de un matrimonio que se está separando y decide viajar a Florianópolis con sus dos hijos adolescentes en una especie de tregua. Ambos psicoanalistas, Lucrecia (Mercedes Morán) y Pedro (Gustavo Garzón) son una de las tantas familias que en la década de los 90 viajaba a Brasil porque el cambio era favorable. En Florianópolis van a conocer a Marcos (Marco Ricca) y Larisa (Andréa Beltrão), quienes serán anfitriones y vecinos de la casa que alquilen. La convivencia y la confianza brasileña los hará cada vez más cercanos y los llevará a establecer otros vínculos.

Según la RAE “Viajar” se define como: “Acción y efecto de viajar, Traslado que se hace de una parte a otra por aire, mar o tierra”, pero también la define como  “Estado resultante de haberse administrado una droga alucinógena”. En “Sueño Florianópolis” el viaje es en todos esos sentidos. Tanto los padres como los hijos tienen experiencias individuales en esas vacaciones comunes. A medida que pasan los días, van decidiendo cómo quieren disfrutar las horas. Se alternan las escenas entre la típica familia argentina y las otras posibilidades que podrían definirla. La fotografía clásica de la familia en la playa incluye conservadoras, tabla para barrenar, sombrilla, risas y discusiones en voz alta en las que todos opinan sobre la vida de todos. Acá se muestra el negativo de esa imagen: un terreno incómodo de transitar pero con intermitencias de disfrute y placer. Como metáfora: el paisaje que habitan, el cruce contínuo entre el continente y la isla.

El capitalismo no habla de “Estar” en los lugares sino de “Hacer” lugares: “Hice París, Roma y Egipto”. La globalización y en ella las redes sociales han hecho un catálogo sobre las mejores formas de viajar. Instrucciones sobre qué comer, en dónde sacarse fotos y a qué hora, la vestimenta para cada monumento y los libros que nos deben acompañar. Pareciera que si no tenemos el checklist completo no estuvimos ahí. En este caso la decisión que toma la directora sobre la propuesta visual del filme es muy interesante. Visualmente se despega de esa postura a través del tratamiento del color y tipos de planos característicos de las publicidades. Accedemos al paisaje como lo haríamos con nuestra cámara analógica y no a través de la supremacía técnica de los últimos dispositivos de registro. Lo que vemos parece tan verdadero como lo que sienten los personajes.

Si bien la familia representada está basada en habitantes de Buenos Aires, las acciones de los integrantes podrían hacerlas casi cualquier argentino de clase media. Podemos ver a la que se lleva a escondidas la comida del desayuno buffet del hotel, el que desconfía de todo y de todos, la hija que tiene ganas de vomitar en mitad del viaje y la madre ofreciéndole la bolsa de nylon para que el auto no se llene de olor los kilómetros restantes. Es en el momento particular que están atravesando cada uno de ellos en donde se presentan los detalles específicos de los personajes. El foco está puesto en la mujer, encarnada por Mercedes Morán. La manera en que incorpora los cambios que la atraviesan a sus 52 años: un romance de verano, la separación de su marido con el que lleva 20 años, el vínculo con sus hijos ya mayores y el descubrimiento que conlleva estar sola. Por este papel recibió el premio a Mejor Actriz en el Festival de Cine de Karlovy Vary, es que su naturalidad y sutileza para expresar emociones contradictorias traspasa la pantalla.




En los diálogos de la película se hace referencia a lo breve de la vida, a la necesidad de disfrutarla porque solo dura un rato. Se me aparece esta canción de Lito Nebbia, que empieza cantando: “Dicen que viajando/ Se fortalece el corazón/ Pues andar nuevos caminos,/ Te hace olvidar el anterior,/ Ojalá que eso pronto suceda/ Así­ podrá descansar mi pena/ Hasta la próxima vez” y también esta estrofa con la que concuerdo profundamente en estos tiempos de coaches emocionales: “Creo que nadie puede dar,/ Una respuesta, ni decir/ Qué puerta hay que tocar/ Creo que a pesar de tanta melancolí­a/ Tanta pena y tanta herida,/ Solo se trata de vivir”. 


Publicado en Periódico Otro Punto. Mayo 2024

 
 
 

Comentarios


Envíame un mensaje y dime lo que piensas

¡Gracias por tu mensaje!

© 2035 Creado por Tren de ideas con Wix.com

bottom of page