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Réquiem por un sueño

  • 4 feb 2025
  • 4 Min. de lectura
Para la edición de la columna número veinticuatro elegí una película que hoy está cumpliendo veinticuatro años desde su estreno: “Réquiem por un sueño” (Requiem for a dream, 2000) de Darren  Aronofsky.  

La película cuenta la historia de Sara Goldfarb (Ellen Burstyn) y su hijo Harry (Jared Leto). También la de Tyrone (Marlon Wayans), amigo de Harry y Marion Silver (Jennifer Connelly), su novia. Sara, una ama de casa que vive sola en Brooklyn recibe un llamado de una productora de televisión para participar de su programa favorito. Eso la motiva a hacer una dieta para poder usar un vestido rojo de tiempos en donde fue feliz: la graduación de su hijo. Harry y Tyrone distribuyen drogas y les va muy bien tanto así que Harry decide invertir en un negocio de indumentaria con su novia diseñadora Marion. Todo va relativamente bien, en ascenso, hasta que Sara se hace adicta a las pastillas para adelgazar y comienza a tener alucinaciones, su hijo le advierte sobre el uso de metanfetaminas pero ella considera que no tiene nada que perder. Por otro lado hay una crisis en la venta de drogas, no hay dinero ni sustancias para consumir. Eso genera una discusión entre Marion y Harry. Él decide ir a Miami con su amigo a buscar mercadería. Marion se prostituye para conseguirla. Los cuatro están solos tratando de lidiar con su parte.



Si el réquiem es el canto que acompaña la ceremonia de los muertos, es el canto para acompañar sus almas a la paz del descanso eterno como indica el título de esta película el réquiem es para los sueños. Al igual que dicha forma musical y religiosa, el relato está estructurado en partes que van versando sobre el destino de los sueños de los personajes. ¿Cuáles son esos sueños? En definitiva, el amor y el reconocimiento.

Como director Darren Aronofsky tiene varias películas conocidas. “Requiem por un sueño" fue su segundo largometraje, tuvo críticas muy positivas y a poco tiempo del estreno se convirtió en una pieza del cine de culto. Sin embargo, muchos lo conocen por películas más taquilleras como “El Luchador” (The Wrestler, 2008) en la que actúa Mickey Rourke o “El cisne negro” (Black Swan, 2010) en donde la protagonista es Natalie Portman. ¿Qué me gusta de este director? La importancia que le da al uso del lenguaje cinematográfico para narrar los acontecimientos. Explota al máximo su potencialidad y se vale de cada uno de los recursos: la posibilidad de la cámara de ubicarse en cualquier parte del espacio, el acento que brinda la música al sentido de las escenas, el uso de la iluminación y el color para definir a los personajes y sus estados de ánimos. Otro aspecto es la creación del vestuario, maquillaje y peinado para cada uno de los que forman parte de ese mundo. Es interesante cómo le dedica tiempo a los detalles y hace que el espectador habite su mundo. Por ejemplo en “Réquiem por un sueño”, se retratan con habilidad los estados de alteración de conciencia que experimentan los protagonistas utilizando el punto de vista de ellos. Así cuando Sara está obsesionada con la comida, vemos cómo transforma mentalmente los objetos y la decoración de su casa en alimentos. Luego, a medida que avanzan sus alucinaciones, se le suman efectos visuales como luces que parpadean, cambio en los colores, en la velocidad de las cosas, a lo que accedemos como espectadores para experimentar lo que ella siente.



Otro cuestión es la decisión de montaje que tuvo el director. La técnica es característica de los videos de hip-hop de esa época y consiste en el uso de tomas cortas y repetitivas. En este caso intensifican la sensación de adicción y obsesión. Se usa particularmente en las secuencias en las que los personajes consumen drogas, lo que crea un ritmo vertiginoso que refleja la pérdida de control. Para eso tuvieron que realizar muchas más tomas que en una película tradicional o, por ejemplo en la escena en que Sara limpia su casa, que en total dura 20 segundos, para poder verla en cámara rápida hicieron una toma secuencia de 40 minutos. 

Como en toda película que se sostiene con el paso de los años hay datos que fomentan su particularidad: que los actores no tuvieron que tener sexo ni comer carne durante treinta días, que participaron como extras adictos reales, que hubo enojo por parte de actores secundarios, que la música iba a ser otra o que una de las escenas más conmovedoras fue improvisada. Es un hecho que el deseo de hacer películas y la posibilidad de concretar una historia imaginada, con el presupuesto necesario implica estar en cada uno de los detalles, y luego se nota.

En una entrevista Aronofsky aclara que ésta no es una película sobre drogas, lo define así: “En muchos sentidos, lo veíamos como una película de monstruos. La criatura era invisible; vivía en sus cabezas. Adicción. Es una película punk en la que el público es un pozo de emoción. En última instancia, la película trata sobre todo lo que la gente hará para escapar de sus realidades y lo que sucede cuando persigues una fantasía. Sobre todo, se trata de amor. Más específicamente, se trata de lo que sucede cuando el amor sale mal” dijo el director. Creo que esa es la particularidad por la que quedamos con una sensación de tristeza o al menos gusto amargo cuando terminamos de verla, esa pregunta que espera agazapada en algún lugar nuestro ¿Podemos identificar ese preciso momento en que todo empieza a ir en picado? ¿Lo podemos evitar? ¿Hay que evitarlo? ¿Qué pasa después de que todo sale mal? Cerrar los ojos, dejarlo ir y empezar de nuevo.


Columna publicada en @otropuntodigital

 
 
 

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