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Bigbug

  • 4 feb 2025
  • 3 Min. de lectura
Imaginar el futuro de manera original es difícil. Nuestra mente está plagada de imágenes inventadas por otros. Los avances científicos que se proyectaban en el pasado hoy son realidad. Es por eso que cuando aparecen historias sobre el futuro creativas y originales se festeja. Este es el caso de Bigbug (2022), aunque no quiere decir que le guste a todo el mundo. Lo que es seguro es que no quedamos indiferentes ante la misma.

La última película de Jean Pierre Jeunet se sitúa en Francia en 2045. Autos voladores, casas inteligentes, publicidades voladoras, drones que vigilan, la clonación como posibilidad corriente. En ese contexto los Yonix (robots de última generación) participan de la política y se postulan como candidatos. Se rebelan y han cortado las autopistas. La casa inteligente de Alice (Elsa Zylberstein) ha cerrado todas las salidas para proteger a los humanos que están allí dentro. El problema es que esa mañana en su casa ella está acompañada de su hija Nina (Marysole Fertard), su ex marido, Víctor (Youssef Hajdi), la nueva pareja de él, Jennifer (Claire Chust), su vecina (Isabelle Nanty), el hombre con el que está saliendo, Max (Stéphane De Groodt) y su hijo Léo (Hélie Thonnat). Ellos tendrán que convivir, buscando la manera de convencer al jefe robot del hogar de que los deje salir de la casa. La particularidad de este hogar es que Alice es fanática de las antigüedades, conserva sus robots más antiguos. Éstos intentarán empatizar con los humanos, y tratarán de ayudarlos a escapar. 



El director de Bigbug logró su reconocimiento masivo con Amélie (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain 2001). Antes dirigió Delicatessen (Delicatessen, 1991) codirigido con Marc Caro, La ciudad de los niños perdidos (La Cité des enfants perdus, 1995), codirigido con Marc Caro, Alien resurrección (Alien, la résurrection, 1997). Posterior a eso :Largo domingo de noviazgo (Un long dimanche de fiançailles, 2004), Micmacs (Micmacs à tire-larigot, 2009), El extraordinario viaje de T.S. Spivet (L'Extravagant voyage du jeune et prodigieux T.S. Spivet, 2013). Es interesante su filmografía porque ronda sobre la posibilidad de otros mundos. “¿Cómo sería la vida de las personas en este escenario? ¿Y si cambiamos la luz? ¿Y si no hubiera comida? ¿Y si fueran niños? Infinitas preguntas que cambian la perspectiva. Una mirada que se renueva en cada película. Se sostiene la importancia estética de cada mundo creado. La elección de una determinada paleta de colores, los actores con los que decide trabajar y la mirada sobre Francia son un sello distintivo en sus filmes.

Las preguntas que se hacen los personajes y los robots dentro de la casa son preguntas que nos llevan a repensarnos las relaciones humanas, el valor que le damos a las miradas de los otros, el lugar que tienen las redes y la hiperconectividad en nuestra vida. La forma en que repercute en nuestros sentimientos. 

La importancia de las imágenes que nos transmiten los mitos y ficciones de nuestra cultura influye en la construcción de la idea de tecnología que construimos. Simondon, otro francés pero dedicado a la filosofía, que es recuperado en la actualidad porque sus textos tienen la fuerza de inspirarnos a pensar todo tipo de situaciones dice que no tenemos que pensar a la máquina como un extranjero. Se me viene a la cabeza la novela “El extranjero” de Albert Camus. Creo que nos tratamos entre nosotros mismos más como extranjeros que a la máquina. ¿Cómo así? Planteando situaciones que nos llevan a sentirnos ajenos a nuestro propio medio. Desactualizados, frustrados, angustiados, amenazados por no poder seguir el ritmo de los avances tecnológicos. El protagonista, al momento de su condena a muerte, piensa en la máquina que va a asesinarlo: “ Uno se forma siempre ideas exageradas de lo que no conoce. Ahora debía comprobar, por el contrario, que todo era muy sencillo; la máquina está al mismo nivel del hombre que camina hacia ella. El hombre se reúne con ella tal como camina al encuentro de una persona…aquí la mecánica aplastaba todo: mataban a uno discretamente, con un poco de vergüenza y mucho de precisión.” (1949; p 161). En su novela Camus no habla de nuevas tecnologías e inteligencia artificial, no es ciencia ficción. Sin embargo ya el encuentro del hombre con la máquina genera preguntas sobre ese vínculo. ¿Al final era esto? Tras la imaginación de lo espectacular, entiende que no era algo vedado sino que tenía una clave de acceso: conocerlo. Siendo optimista, la máquina no nos desplazaría, si es que priorizamos el saber sobre los dispositivos tecnológicos para tener poder sobre ellos. Pero ¿Se trata de una cuestión de poder? ¿No sería esa lógica la que nos ha traído hasta este lugar de desigualdades y supervivencia? Tal vez, la propuesta viene desde la creatividad, desde lo comunitario. Preguntarse ¿Qué es lo que realmente queremos conservar? ¿Cómo queremos vivir? ¿Cómo hacer que haya lugar para todos? 






Columna publicada en @otropuntodigital


Bigbug está disponible en Netflix


 
 
 

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